viernes, 3 de octubre de 2008

Ángelus (una propuesta diferente)

¡Fíjate que callados están todos!

Ahora que te has ido, que no estás aquí para reñirles, van y se callan a la hora del Ángelus. ¡Tiene guasa!

¿Te acuerdas cuando empezamos con esto? Yo debía tener catorce o quince años. Y tú te habías empeñado que aquí había que hacer el campamento. Y te pusiste a moverlo todo para que tuviéramos unas condiciones mínimamente aceptables. Pero las cosas no son tan sencillas. Y resultó que había que conseguir que viniera mucha gente, y que parte de ellos fueran haciendo y adecentando las instalaciones,… Y el panorama de lo que era el campamento cambió radicalmente. Porque en Pinofranqueado o en García de Sola había poco de arreglar. Y lo que había se arreglaba en muy poco tiempo (salvo las colchonetas, que ya podía uno darle mandobles que no acababa nunca de limpiarlas del todo…). Por eso, la mayor parte del tiempo la gente se lo pasaba hablando, cantando, preparando una obra de teatro, escribiendo,… Agitando, en fin, su mente y las conciencias.

Pero al llegar aquí hacía falta gente de otro tipo. Gente que estuviera dispuesta a tirarse todo el día acarreando piedras, encalando las paredes, construyendo el suelo del comedor,… Gente que con veinte años no estaba dispuesta a que nadie le dijera a las doce que había que parar diez minuto para escuchar unos textos orientales y tratar de adivinar la letra de una canción en un equipo de megafonía que todavía funcionaba casi a pilas. Por no hablar de la cocina, donde siempre hacía falta reclamar a gritos alguna ayuda a eso de las doce y tres minutos…

Y tú te empeñaste en que no. En que a esa hora había que conseguir que todo se parara, que todo el mundo se callara, que se apuntara una idea que diera sentido a lo que cada uno estaba haciendo.

Y lo conseguiste. ¿No lo ves? Están todos callados. Ninguno se acuerda de Tagore ni de Gibran; de Bertol Brecht ni de Francisco el Buenagente. Pero da lo mismo. Porque lo importante no era que ellos se pararan ni que otros proclamáramos lo que entonces creíamos a pie juntillas. Lo importante era que cada uno tuviéramos nuestro minuto de gloria. Los pontoneros con sus arpilleras, los de la cocina consiguiendo alimentar con recursos escasos a tanta gente sin mayores contratiempos y los del micrófono y las canciones construyendo nuestra propia personalidad con lo que creíamos estar haciendo para los otros.

De hacer que cada uno, con su particular historia, ahondara en el misterio de la fe, ya te encargabas tú. ¿O por qué si no están todos ahora aquí callados? No porque quieran escucharnos a los de siempre, sino porque están escuchando tus palabras. Porque les enseñaste a caminar en solitario, a sentirse responsables de todo lo que hacían. Sabiendo, eso sí, que tú andabas detrás. Esperando lo que hiciera falta. Acogiendo nuevamente a quien hubiera vuelto después de mucho tiempo.

Por eso te echan de menos. Porque hasta hace muy poco sabían que estabas ahí. Y ahora, averiguar cómo hay que seguir caminando es cada vez más complicado. Pero no pierden la esperanza. ¿No los ves? Siguen callados. Yo creo que alguno ha conseguido recordar en este rato conversaciones enteras contigo. Conversaciones de esas de cuando uno tiene una edad en la que cada cosa que se le diga marca su personalidad. ¡Pues de esas! ¡Y no son pocas!

Lo difícil ahora será no sólo mantener esas conversaciones en el recuerdo, sino tratar de intuir cómo pueden servirnos para ir enfrentándonos a una vida cada vez más compleja.

Estoy seguro que tú, desde donde andes, no nos vas a dejar tirados. Que ya te las ingeniarás para que no nos desorientemos del todo.

Aunque siempre dándonos un poco de vidilla. Dejando que tropecemos muchas veces, que nos equivoquemos,… Porque en esta escuela de vida, que comenzaba en los campamentos y no acababa nunca, era cada uno quien debía ir eligiendo su propia senda.

Y supongo que será eso lo que nos sigas diciendo. Que no nos compliquemos. Que esto consiste sólo en ser libres, asumiendo que esto no significa hacer lo que se nos ocurra en cada momento, sino irse despojando de todo lo que no nos deja comportarnos conforme lo que realmente sentimos y nos hace sentirnos mejor de forma más duradera. Y que siempre hay un límite, que son los otros, a los que hay que admirar, asumir y acoger siempre.

Ya sé que se nos olvida muy a menudo. Pero no sé por qué, algo me dice que ahora te vas a encargar de recordárnoslo con más frecuencia. Nos hará mucho bien. Ahora que no te tenemos delante, nos hace más falta que nunca.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Tres reflexiones sobre la crisis

Una reflexión ética

La crisis económica que nos viene asediando desde hace más de un año ha puesto de manifiesto las terribles deficiencias éticas de los que se ganan la vida en el circuito financiero.

El asunto no consiste, como tratan algunos, en que haya que acabar con la especulación, que es una pieza más del sistema económico que permite el desarrollo que hemos tenido en los últimos años. Lo que hay que valorar es si la remuneración de los directivos y de los profesionales de las entidades financieras debe estar vinculada a resultados a corto plazo o debe relacionarse con verdaderos escenarios de creación de valor en las empresas.

No parece lógico que la inversión en bolsa se haga sin tener en cuenta cuáles son los fundamentos reales de cada empresa (más que nada porque quienes recomiendan la inversión son jóvenes analistas financieros que jamás han estado en una empresa de la economía real y que no conocen ni el sector ni las particularidades con las que cada una de ellas se desenvuelven). Como tampoco es razonable que en un banco haya quien se limite a generar deuda para paquetizarla y venderla a otras entidades cuando su propia entidad no estaría dispuesta a asumir en solitario ese riesgo (ni siquiera en solitario).

Además, los incentivos empresariales son a corto plazo y quien ha tomado una decisión equivocada (que, como casi todas, sólo se reconoce como tal cuatro o cinco años después) no debe responder de su error porque ha cambiado su puesto de trabajo antes del colapso. Y resulta, entonces, que la rotación en estas empresas es una perfecta excusa para que todos eludan sus responsabilidades. Una muestra más de la absoluta falta de mecanismos de control en quienes deben encargarse de velar por la estabilidad del sistema financiero.

Una reflexión ideológica

Cuando uno defiende el liberalismo no lo hace por extravagancia ni por pragmatismo.

La intervención y la regulación en la economía pueden ser muy útiles desde un punto de vista económico. Si se hacen con criterio pueden ayudar a una mejor asignación de los recursos. Si se realizan en un escenario de pánico como el actual pueden colaborar al apaciguamiento de las turbulencias financieras.

Pero sean cuales fueran las intervenciones, y sean cuales fueren sus efectos en la economía, siempre supondrán una reducción en el ámbito de libertad de los individuos, de cada individuo.
Y uno sigue reivindicando el individuo como el único núcleo de absoluta realidad.

Al final, no son las empresas, ni los Ayuntamientos, ni las congregaciones, ni las asociaciones, ni las cuadrillas, ni las escuelas, ni las sociedades, ni las familias,… las que sufren. El sufrimiento, como la alegría, son sensaciones epidérmicas de las que sólo puede hablar (y, en general, malamente) quien las experimenta.

La reivindicación del liberalismo es una reivindicación del individuo. De su absoluta libertad. De la necesidad de que sea responsable hasta el final de las consecuencias de sus actos. De los conscientes y de los atolondrados. Porque, como en la educación de los niños, uno sólo puede aprender realmente lo que quema o lo que da calambre si alguna vez ha sentido el calor y el doloroso cosquilleo de los kilowatios.

Una reflexión informativa

Si los periodistas supieran de lo que están hablando tal vez agravaran las consecuencias de la crisis. Pero, al menos, no generarían más perplejidad.

Cuando uno escucha al responsable de un banco (incluso si es el responsable del banco que vive en New York y habla en inglés) hay cosas que se le escapan. Y siempre tiene la sensación de que no le está diciendo toda la verdad (a veces, ni siquiera un pequeño pedazo). Pero cuando uno lee y escucha a la mayoría de los “informadores” de nuestros “media” advierte las profundas razones por las cuales triunfa en nuestro país la prensa del corazón. Es de lo único de lo que comprenden algo. Y los amables espectadores están encantados de sentir que, más allá de las verdades, en lo que se escucha en esos programas hay algo de coherencia.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Soberanía, consultas y Parlamentos

El Tribunal Constitucional acaba de declarar, en una reciente sentencia, la inconstitucionalidad de la Ley 9/2008, de 27 de junio, del Parlamento Vasco, de convocatoria y regulación de una consulta popular al objeto de recabar la opinión ciudadana en la Comunidad Autónoma del País Vasco “sobre la apertura de un proceso de negociación para alcanzar la paz y la normalización política”.

Más allá de deficiencias procedimentales en la tramitación de esta ley que pretendía habilitar al lendakari Ibarretxe a efectuar esta consulta, el Tribunal Constitucional explica cómo “La Ley recurrida presupone la existencia de un sujeto, el ‘Pueblo Vasco’, titular de un ‘derecho a decidir’ susceptible de ser ‘ejercitado’ (…) equivalente al titular de la soberanía, el Pueblo Español, y capaz de negociar con el Estado constituido por la Nación española los términos de una nueva relación entre éste y una de las Comunidades Autónomas en las que se organiza. La identificación de un sujeto institucional dotado de tales cualidades y competencias resulta, sin embargo, imposible sin una reforma previa de la Constitución vigente.”

Y es que ese “sujeto” que trata de crear la Ley del Parlamento Vasco es “un sujeto creado, en el marco de la constitución, por los poderes constituidos en virtud del ejercicio de un derecho a la autonomía reconocido por la Norma fundamental.” Y, por tanto, “Este sujeto no es titular de un poder soberano, exclusivo de la Nación constituido en Estado”.

Recordando Sentencias anteriores, el Tribunal Constitucional insiste en que “la Constitución parte de la unidad de la Nación española, que se constituye en Estado social y democrático de Derecho, cuyos poderes emanan del pueblo español en el que reside la soberanía nacional”. E insiste en que el procedimiento que pretende el Parlamento Vasco “no puede dejar de afectar al conjunto de los ciudadanos españoles, pues en el mismo se abordaría la redefinición del orden constituido por la voluntad soberana de la Nación, cuyo cauce constitucionalmente no es otro que el de la revisión formal de la Constitución”.

Y concluye este argumento señalando que la consulta “incide sobre cuestiones fundamentales resueltas con el proceso constituyente y que resultan sustraídas a la decisión de los poderes constituidos. El respeto a la Constitución impone que los proyectos de revisión del orden constituido, y especialmente de aquéllos que afectan al fundamento de la identidad del titular único de la soberanía, se sustancie abierta y directamente por la vía que la Constitución ha previsto para esos fines. No caben actuaciones por otros cauces ni de las Comunidades Autónomas ni de cualquier órgano del Estado, porque sobre todos está siempre, expresada en la decisión constituyente, la voluntad del Pueblo español, titular exclusivo de la soberanía nacional, fundamento de la Constitución y origen de cualquier poder político”.

En resumen, la Sentencia reivindica la soberanía del Pueblo español como fundamento último de cualquier decisión sobre la organización político-institucional, de forma que no cabe hablar de soberanía asociada a los cuerpos electorales de las diferentes comunidades autónomas.

La Sentencia ha sido acogida con satisfacción por los principales partidos políticos de ámbito nacional y por la práctica totalidad de analistas políticos y conformadores de opinión, así como por la ciudadanía en general. Nunca está de más que se recuerde lo obvio a quien, con burdos juegos de palabras y esperpénticos simulacros de prestidigitación, quiere conformar por su propia voluntad un sujeto constituyente, a través de una consulta supuestamente orientada a un fin distinto y mediante una ley de propósito único y sin alcance general.

Pero más allá de la conformidad con esta Sentencia, hay quienes ya tratan de buscar en ella los fundamentos para acabar con el reciente Estatuto de Autonomía de Cataluña. Acudiendo al mismo concepto de soberanía, dicen, es difícil sostener muchas de las prerrogativas que se han concedido a aquella autonomía en materias como la judicial, presupuestaria o fiscal, por poner sólo algunos ejemplo. Y más complicado aún es reconocerle un derecho a negociar directamente en pie de igualdad con el Estado central determinadas materias.

Mucho me temo (y ya lo siento) que la pretendida identificación de ambos casos vaya a resultar frustrada. Porque al igual que la Sentencia reconoce la existencia de un único poder soberano (y constituyente) permite que los estatutos de autonomía incluyan ciertas previsiones (por ejemplo, en materia de consultas populares) siempre que hayan sido establecidas específicamente en aquellos a través de los cauces procedimentales oportunos. Esto es, parece que existe una sola soberanía, pero no que ésta (o parte de la misma) sea delegable.

Y es que, si no, ¿por qué existen parlamentos autonómicos? Sin un poder soberano, ¿cómo puede existir poder legislativo?

Porque probablemente ni en el ámbito teórico ni, menos aún, en el ciudadano, se ha hecho una reflexión seria de lo que supone el estado autonómico. De si es sólo (que no es poco) un modo de administrar intereses particulares desde una mayor cercanía, o si implica algún tipo de atribución de verdadero poder político originario (soberano). Y si esto es así (bien porque se estén reconociendo realidades previas, bien porque sean creados ‘ex novo’ en el proceso constituyente) si esto tiene límites, dónde están y quién debe decidirlos.

No hay duda es que el nuevo Estatuto catalán (como el andaluz, el valenciano y otros muchos) redefinen la relación del Estado central con cada autonomía. Y esto altera tanto el pacto constituyente que resulta cuando menos cuestionable que sea algo que pueda hacerse directamente por la Cortes Generales sin una consulta previa al conjunto del Pueblo español como pueblo soberano. Porque así como el pueblo catalán ha tenido ocasión de pronunciarse sobre cómo quería relacionarse con el Estado español, no ha sido el Pueblo español quien ha decidido si le conviene o no esa relación, sino sus representantes, atribuyéndose esta representación en una materia que parece pudiera exceder de sus competencias ordinarias.

Realmente, estamos presenciando ahora las deficiencias de un sistema improvisado en un momento político en el que nunca debieron tomarse estas decisiones. Los que éramos muy pequeños cuando todo aquello sucedió nos echamos las manos a la cabeza cuando vemos cómo se fueron desarrollando algunos acontecimientos. Por ejemplo, cuando uno contempla en el vídeo que vendía hoy El Mundo sobre el año 1980 los avatares con los que Andalucía consiguió una autonomía del mismo nivel que Cataluña o el País Vasco. Escuredo, el presidente del órgano preautonómico de entonces, justifica toda la que se organizó porque desde el Gobierno (de una UCD moribunda) se pretendía dejarles en una autonomía que sólo suponía una descentralización del poder, pero que podía no incorporar un parlamento con verdadera capacidad legislativa. ¿Tan malo hubiera sido aquello para Andalucía que a la postre hubiera supuesto un modelo autonómico radicalmente distinto en toda España, mucho menos clientelista y más eficiente?

miércoles, 27 de agosto de 2008

Pacífico

En él hubo un tanto de amigo y un tanto de padre. Un punto de profesor y un pellizco de fraile. Hubo un algo de aventurero y una vocación (no frustrada del todo) de empresario.

Pacífico (Pachi, el Cura) reconocía a cada uno al poco de entrar en su clase y sabía qué era lo que podía dar, de bueno y de malo. Como conocía su persona, sus debilidades y sus logros (de los cuales se enorgullecía sin vano pudor).

No le hemos querido por lo que nos ha dado. Por esa forma tan particular de pasar veranos y puentes festivos. El aprecio ha sido personal, único, por lo que ha hecho por nosotros, por cada uno de nosotros. Por su forma de entregarse a una vocación tan particular (y tan dura) como la de los jóvenes.

Porque Pacífico no ha sido un agitador social ni un dinamizador cultural, aunque haya abierto a muchos los ojos a las realidades más duras y a las nuevas formas de expresión artística. No ha sido un ecologista ni un guía de turismo, a pesar de que entendiera y admirara la naturaleza en lo que vale y en lo que es (sin falsas protecciones o miradas waldisneynianas) y de que los viajes al extranjero fueran mas completos o valiosos que los de cualquier intermediario especializado.

Él ha sido un hombre de fe. Que mezclaba la necesaria fe del carbonero con la de quien había intuido que, desde aquí, cualquier teología que hagamos es pura palabrería si no nos sirve para acercarnos al hermano. Para reconocer en los demás a alguien que es parte de nosotros.

Y una fe franciscana. De una radicalidad tan absoluta que merecía la pena, apetecía,... pero uno notaba siempre que las fuerzas flaquearían antes incluso de intentarlo.

Pero, al fin, Pacífico no era un teórico. Era alguien cercano que a cada uno nos dio todo lo que tenía, que nos exigió lo máximo y nos hizo descubrir en nosotros caminos que nunca hubiéramos supuesto que podíamos transitar. Nos dio libertad de hacer (y de equivocarnos). Pero nos dio, sobre todo, su afecto y su cercanía.

Ahora, que lo que nos queda es vivir de su recuerdo, surge la duda de si sabremos descubrir en nosotros los límites para darnos a los demás, para hacer brotar lo que, poco a poco, con paciencia unas veces y tosca violencia otras, nos recordaba: la libertad entendida en el más profundo de sus sentidos. Libertad para que nada ni nadie (de fuera o como parte de nuestras propias pasiones) condicione nuestro modo de ser y de estar en e mundo y con quienes nos rodean.

domingo, 18 de mayo de 2008

A vueltas con los funcionarios... en Extremadura

En una de las primeras entradas de este blog ya hablé de funcionarios. En estas fechas, me cuesta actualizarlo como me gustaría, pero sigo anotando cosas para futuras entradas.

De momento, otra ración de funcionarios. Y no por obsesión, sino porque creo que o cambiamos los valores de quienes acceden al mercado de trabajo o no hay economía que resista ciertas cifras.

Esta mañana, leyendo la prensa regional de Extremadura (diario Hoy) me he encontrado con una noticia que advertía que en Extremadura, casi uno de cada cuatro trabajadores era funcionario. En concreto, el 22% de los ocupados.

He buscado datos en las páginas web del Ministerio de Administraciones Públicas y del Instituto Nacional de Estadística y he comparado este porcentaje con el de otras Comunidades. He elegido Andalucía, Madrid y Valencia. Los datos pueden no ser del todo correctos porque no he comprobado que todos ellos estén cerrados a la misma fecha, pero creo que dan una idea aproximada de lo que estamos hablando.

En Extremadura, la tasa de ocupación es del 52'84% y el porcentaje de funcionarios respecto a la población total ocupada del 22%.

En Andalucía, la tasa de ocupación es del 57'14% y los funcionarios son el 15% de los ocupados.

En la Comunidad de Valencia, hay una tasa de ocupación del 60'97%, y sólo el 10% de los ocupados son funcionarios.

En la Comunidad de Madrid, la tasa de ocupación es del 63'83% y son funcionarios el 13% de los ocupados.

A partir de aquí, uno puede analizar la aportación al PIB nacional, la renta per cápita de los ciudadanos en cada una de las comunidades,... Y me temo que en todas estas estadísticas en Extremadura estaremos a la cola.

Razones no nos faltan, pues, para oponernos a la publicación de las balanzas fiscales. Como tampoco nos faltan para quejarnos de olvidos seculares y de deudas históricas pendientes.

Pero hay más que eso. O alguien empieza a decirle a la gente que tiene que comer de lo que trabaje y produzca y no de lo trabajen y produzcan otros, o vamos de cráneo.

Una sociedad en la que la máxima aspiración de sus ciudadanos es trabajar en la función pública, y en la que el 41% de la población (52'84% de ocupados y 78'8% que no son funcionarios) tienen que trabajar para mantener al restante 59% es una sociedad con serios problemas de crecimiento y redistribución. (Teniendo en cuenta, además, que el 52'84% es más de lo que representan los trabajadores respecto a la población total).

Si además calculáramos la renta media de los que trabajan, nos sorprendería lo poco que hay para distribuir.

Y esto no es un problema de ambición, liberalismo salvaje o falta de solidaridad de unas comunidades con otras. Es un problema de una cierta responsabilidad individual y colectiva en el futuro personal y de la tierra en la que uno vive.

Responsabilidad en la que el máximo ejemplo deberían darlo los políticos. Precisamente los que menos lo hacen y más se aprovechan de esta situación.

miércoles, 23 de abril de 2008

Federico y Herrera: la paradoja de la mañana (y II)

La paradoja a la que me refería hace unos días es que Federico y Herrera tienen los oyentes cambiados.

Federico Jiménez Losantos es un intelectual de amplia formación filosófica y artística que ha virado desde el extremismo de izquierdas (dictaduras asiáticas incluidas) hasta una defensa acérrima de la uniformidad de la nación española y la potenciación de la lengua castellana en Cataluña que, constituyendo los principales valores de su discurso, convierte en enemigos a todos los que no se ajustan a sus patrones ideológicos y a sus batallas. Su indudable formación (que debería conducirle a un cierto escepticismo vital y a un alejamiento del integrismo) ha sido opacada por un estilo vehemente y un especial interés en repartir diplomas de buena o mala conducta según su exclusivo dictamen.

Tal vez porque en su evolución ideológica comienza con pensadores que subordinan el individuo a la razón de estado, aunque se reivindique como liberal no ha asumido personalmente el principal eje de este sistema de pensamiento que es el respeto profundo de cada ciudadano desde la absoluta igualdad de todos ellos, y la necesidad de que todos sean apreciados como valiosos salvo cuanto atenten a (muy pocos) valores básicos para la convivencia.

Sin duda, su pensamiento también tiene que ver con una ausencia de valores religiosos, declarándose abiertamente no-católico y contrario a algunos de los elementos básicos de esta religión (en especial en el reconocimiento del otro como hermano, en el poner la otra mejilla,…), aunque sí que comulga con determinados postulados de la Iglesia española actual en materia de “orden y costumbre”.

Esto podría llevarnos a otra discusión: cómo puede compatibilizarse este “orden y costumbre” con la compasión al prójimo. Pero sirva ahora para advertir que es el punto de conexión que hace que los oyentes más conservadores le hayan convertido en un líder mediático y reciban sus arengas mañaneras como alimento básico para el duro esfuerzo diario de enfrentamiento con una sociedad y unos políticos deleznables.

Sin duda, quienes menos comparten sus valores más profundos, su visión del arte, su evolución intelectual,… son precisamente quienes le apoyan e idolatran.

Precisamente lo contrario que sucede con Carlos Herrera, un persona de costumbres mucho más conservadoras en su visión de la familia, su acercamiento a la Iglesia, su particular y heterodoxo señoritismo andaluz de Semana Santa de balcón, Feria de caseta propia y toros en el callejón (puro incluido),… Herrera no es un intelectual ni lo pretende, aunque tiene un agudo sentido para el entendimiento y el análisis social y político. Su formación es más científica (completó la carrera de Medicina que nunca ejerció). Y sus aficiones mucho más tradicionales: de los embutidos a la copla, pasando por todo lo que sepa a Andalucía.

CH tiene un ingenio y una socarronería que le permiten no relativizar las cuestiones que considera vitales, pero exponer su crítica con un lenguaje que no incorpore violencia adicional. Porque la razón del discurso puede perderse por un exceso de trascendencia. Y porque la inteligencia de los oyentes agradece la sugerencia y desprecia la imposición. En su defensa de la unidad de España, de la lengua en Cataluña, de la necesidad de la contundencia contra ETA y su entorno,… Carlos Herrera es tan radical o más que Federico. Pero su forma de plantearlo difiere completamente.

Tal vez por eso, los oyentes de Herrera son más jóvenes, vitalmente más inquietos, de ideologías más diversas,… Y, paradójicamente, en su vida diaria más alejados del tradicional estilo vital de CH.

Por otras coincidencias de la vida ambos conocen perfectamente (y aman) Barcelona, han vivido un tiempo en Miami y han sido víctimas del terrorismo (FJL de los GRAPO, que le secuestraron durante unas horas y le tirotearon en una pierna y CH de ETA, que le envió aquella desafortunadamente famosa “caja de puros·).

Y no parece que se lleven mal. Vean si no esta entrevista… (la entrevista en sí comienza más o menos en la mitad del programa)

http://www.libertaddigital.tv/ldtv.php/programas/ver-lahoradefederico/la_hora_de_federico_21_02_08/

sábado, 12 de abril de 2008

Federico y Herrera: la paradoja de la mañana (I)

Desde hace muchos años escucho diariamente la radio. Recuerdo cuando, adolescente, seguía los programas de Hermida en la incipiente Antena 3, las historias de Garci, los debates, la información,… Y por la tarde, las geniales tertulias dirigidas por Miguel Ángel García Juez, con Luis Ángel de la Viuda, Ortuño, Carandell y Pumares. Con ellos, se me despertó el interés por la política desde una mirada crítica, escéptica y nada crispada. Muy diferente, pues, del frentismo que uno escucha ahora en casi cualquier espacio del dial.

Luego vinieron Antonio Herrero por la mañana, Balbín por la noche y García de madrugada (éste último, interesante sólo, para mí, cuando no hablaba de deporte).

Con la maniobra de destrucción de Antena 3, mis devociones se repartieron entre la COPE y Radio Nacional (lo de que no haya anuncios es una delicia). En ésta última, hubo unos años, hasta el 2004, unos debates nocturnos de lo más interesantes que, además, permitían escuchar noticias después de las 00:00h., cuando todas las demás emisoras se pasaban a los deportes.

Ahora, sólo puedo escuchar la radio al levantarme, cuando me acompaña en los cinco minutos de personal enfrentamiento matutino entre el deber y la pereza y por la noche cuando, ya reventado, me preparo una cena contundente mientras escucho opiniones diversas sobre las últimas estupideces de los políticos.

¡Qué lejos estas tertulias de aquellas de los ochenta! No sé si es que la sociedad ha cambiado mucho y ya no le interesan debates de altura o si es que nuestros políticos dejan poco margen para intelectualidades. Me temo que haya un poco de ambas cosas. Y que cada año vamos a peor.

Aunque siempre hay elementos curiosos para la reflexión. Como la extraña paradoja de Federico Jiménez Losanto y Carlos Herrera. Pero eso es ya parte de otra historia…